por Eva el Dom Mayo 11, 2008 6:02 pm
A la mañana siguiente nos despertamos muy temprano, deseosas de empezar nuestro aprendizaje. Tuvimos que esperar un rato, aunque no mucho.
Lo lamento, pero no puedo revelar lo que aprendimos. Se nos tiene prohibido. Sólo puedo decir que progresé adecuadamente y que pude viajar de un libro a otro al poco tiempo, ya que no era tan difícil como parecía. Era una experiencia maravillosa.
Al primer libro que viajé, fue a una versión de “Caperucita Roja” para niños. ¡Qué asombrada me quedé cuando vi por primera vez las ilustraciones! Aunque la verdad es que eran demasiado orgullosas para mi gusto, pues se creían más importantes que las letras.
A lo largo de mi vida hubo algún que otro momento significativo, como cuando visité por primera vez una enciclopedia. Para describir cómo me sentí al descubrir que había tantos lugares en el mundo y tantos seres vivos diferentes, sólo puedo decir que me quedé sin habla hasta que no asimilé toda esa nueva información. (y eso que tardé un tiempo).
Un día como otro cualquiera descubrí una nueva sección en la biblioteca en la que vivía: la de los periódicos. Como yo era muy inquieta enseguida me introduje en uno de ellos. Pero la suerte o la desgracia quiso que aterrizase en una página en la que se hablaba de las guerras, los asesinatos, los atentados y la hambruna que había en el mundo. Mi mundo. Un mundo que para mí era perfecto, pero que en ese momento dejó de serlo.
No sé cuanto ha transcurrido desde ese día, pero yo recuerdo ese momento como si hubiese sucedido ayer. Recuerdo que fui corriendo a contárselo a mi amiga la “e” , y que juntas acordamos hacer algo, aunque por aquel entonces no sabíamos el qué. Se lo contamos a todas las letras que pudimos, pero aunque la mayoría se mostraron horrorizadas, sólo unas pocas se decidieron a ayudarnos.
Decidimos hacer manifestaciones y en cada una de ellas se nos unieron más y más letras. Al final éramos tantos, que el Consejo Superior de Todas las Letras (C.S.T.L.) decidió intervenir, asustado del poder que estábamos consiguiendo. Nos citaron a todos una mañana muy temprano.
Cuando llegué, allí estaban todas las letras que seguían nuestra causa, mi causa. Entonces me di cuenta del por qué el Consejo se había puesto así: éramos tantas que en ese momento, si hubiésemos querido le habríamos arrebatado el poder. Y digo éramos, porque a medida que pasaba el tiempo, iba habiendo menos letras porque las demás se iban tras pronunciar el Juramento del ABC. Un juramento que no se podía quebrantar.
Yo, en el fondo, les comprendía, porque sabía que, a quienes se quedasen, les esperaba el exilio.